Hombres en venta..
Ésta es la historia de algunos muchachos que negocian con el placer en las vías más transitadas de Maracaibo. Impulsados por la posibilidad de ganar dinero fácil, se venden por 50.000 y 70.000 bolívares la hora. Al igual que las mujeres, cada vez que salen a la calle, ellos no se salvan del martilleo y los atropellos de los policías.
Un artículo de Yesenia Rincón Castellano, foto de Enrique Rivas..
“Muchas cucarachas revoloteando, apretadas en un frasco de mayonesa, fueron el elemento más descabellado de aquella noche que, se suponía, iba a ser de idilio y dinero a manos llenas”.“Ni siquiera me pidió que me desnudara. Del bolsillo de su paltó sacó un zapato de mujer y me lo entregó. Soltó en la habitación las cucarachas y me exigió que las matara una a una, con el tacón de aguja”.
“La muerte crujiente de cada una le excitaba. Y mientras más arrastrados mi orgullo y yo, persiguiendo los insectos, él sólo cerraba los ojos para escuchar y procurarse un placer solitario”.
Hoy, Christian, varón de pelo en pecho y quijada cuadrada, se carcajea con voz ronca de aquel episodio que narra como uno de los más excéntricos que ha vivido en 10 años de trayectoria como “chico de compañía” o “chancero”, como él define su oficio de hombre dedicado a la prostitución en la calle.
“Yo no me pregunto por qué lo hizo ni quiero saberlo. Simplemente, hice lo que me pidió y cobré. Cobré muy bien”.
Su ausencia de escrúpulos contrasta con su hambre de amasar buenas sumas de dinero en pocas horas.
“Por la plata soporto cosas que no me gustan. Gente con malos olores, exceso de pelos y ancianos. Una vez me tocó una vieja tan vieja que me dije: ‘¡Ésta podría ser mi abuela!’. Pero ante esos casos ya me sé controlar. Con una dosis justa de viagra, funciono. Puedo atender hasta cuatro clientes por noche”.
Sin temor a las contraindicaciones de esa píldora ni a las enfermedades venéreas, Christian se siente invencible. Las pastillas azules y los condones nunca faltan en los bolsillos de su pantalón desteñido.
“Uno tiene que estar preparado para atender toda clase de gente. Aquí vienen mujeres que, por lo general, están sexualmente insatisfechas por sus maridos, o despechadas. Pero los hombres son la mayor clientela. Y no peluqueros, como muchos creen. Vienen hombres importantes: fiscales, gerentes, jueces, empresarios, políticos, doctores. Y no siempre vienen solos. También atiendo parejas de casados, parejas de hombres, de mujeres y grupos. De todo”.
La jornada comienza después de las 7:00 pm. El cielo se apaga y se encienden las luces amarillas en los faros de la calle 77 (5 de Julio) con Delicias.
Comienzan a aparecer rostros tan jóvenes y masculinos, que suelen confundirse con estudiantes universitarios esperando el autobús.
Entre ellos, Jimmy. Él llega todos los días a la avenida acompañado de esposa. Una trigueña que, al igual que él, tiene 30 años, pero su delgadez y baja estatura la hace parecer de 25.
“Ella sabe lo que hago y no le importa. Lo que le interesa es que le lleve plata”.
A los 16 años se casó con ella. Hoy tienen un hijo de 13 años.
“Yo era un malandro, que vivía de atracar casas y gente. Estuve preso cinco años y me prometí a mí mismo dejar ese mundo. Intenté trabajar con decencia, pero con antecedentes no es fácil. Sin embargo, por la mañana vendo ropa que traen de Colombia en el centro y por la noche salgo a la avenida”.
“Comencé en esto porque una vez fui a la plaza de la República con mi esposa, cuando éramos novios, y noté que, cuando me paré en la acera, desde los carros me tocaban corneta, me paraban y me hacían proposiciones. Desde entonces me quedó la curiosidad, hasta que un día me atreví a embarcarme”.
“Fue un día en que mi hijo estaba hospitalizado con neumonía y yo no tenía plata para las medicinas. Salir a la avenida fue la forma más fácil y rápida de encontrar dinero para esa emergencia. Ahora, sólo podría salir de esto encontrando un trabajo que me dé la misma cantidad de plata en apenas horas. Cuando se me acabe la juventud y la belleza, ya pensaré qué hacer”.
En efecto, Jimmy es atractivo. Desde lejos se ven sus cejas densas, bien dibujadas sobre sus pequeños ojos de miel. Es flaco, pero con garbo.
Tiene una espalda ancha que disimula su falta de músculos. La penumbra encubre el desgaste de su ropa olorosa a malas lavadas con sudor amargo.
Sin gestos afectados o amaneramientos, es un muchacho más. En la avenida pasa desapercibido. Nadie pudiera imaginar lo que realmente hace en esa acera. Excepto quienes van en busca de sus servicios.
“Nadie espera tanto tiempo un autobús o un taxi. Ésa es la primera clave para conocerlos”, dice John, un peluquero de 35 años que se pasea en su carro por la “vitrina de los pavos” (la avenida 5 de Julio con Delicias).
Sentado con las piernas bien abiertas en una jardinera de la avenida, Jimmy exhibe la prominencia que resalta bajo su abdomen. Observa que un carro le ronda. Se levanta. Se muerde los labios. Se exhibe. Arquea una de sus cejas pobladas y con una mano toca la bestia dormida entre sus piernas. Ésa es la seña definitiva.
“¿Papi, que hacéis ahí solito? ¿Te llevo?”, pregunta John.
Con una sonrisa de medio lado y sin emitir palabra, Jimmy se monta en el carro.
“Mientras otros cobran de 40.000 a 60.000 bolívares la hora, yo cobro más caro, de 70.000 en adelante, porque estoy mejor dotado que otros y soy versátil, es decir, hago lo que me pidan. Cumplo cualquier rol. Puedo ser activo y pasivo”.
“Embarcarse con un desconocido siempre será peligroso; pero uno se la juega porque desarrollamos un sexto sentido y sabemos quién es quién”.
Pero un día el sexto sentido no le funcionó. “Me embarqué con un chamo que me pidió servicios dentro del mismo carro. Al terminar se escudó en una ficha de policía para no pagarme”.
“Me sacó una pistola y me empujó del carro en marcha. Quedé con la mitad del cuerpo afuera y una pierna que se arrastraba en el asfalto se dislocó de mi cadera. A fuerza de clavos y reconstrucciones camino, pero no quedé igual. Donde lo encuentre, se las verá con mis ex compañeros de cárcel”.
“Los policías viven martillando en la avenida a las prostitutas, travestidos y chanceros. Somos unos 60 zamuros, y con nosotros se las tienen que arreglar a puñetazos”.
“Pararse en la calle es muy peligroso. Yo no lo hago. Las pocas veces que lo he hecho es para acompañar a un amigo que busca pavitos y los ofrece a una cartera de clientes. Ahora, tiene una casa de citas en España”.
Kenet cuenta su forma distinta de prostituirse con ropa de marca ceñida para promover sus pectorales y brazos de roca, bien afeitados. A diferencia de los callejeros, él huele a perfume deportivo. Su piel blanca y ojos celestes restan importancia a su baja estatura, que parece aún más pequeña por su firme anchura, forrada de músculos.
Publica semanalmente un aviso en clasificados de prensa para ofrecer su trabajo sexual. El servicio a domicilio no le salva de la inseguridad.
“A nosotros nos buscan en los gimnasios. Allí me propusieron ser ‘stripper’ en discotecas de ambiente. Desnudo sobre una multitud se pierde el pudor y se accede a proposiciones. Mi verdadera primera vez fue con una pareja de casados que quiso celebrar su aniversario probando cosas distintas en la intimidad monótona en la que cayeron”.
“La mujer era hermosa y comencé con ella, porque así me lo pidió su esposo. Él se sentó en una esquina. Con la mano izquierda se acariciaba y con la otra empuñaba un revólver, que no me dio paz en toda la noche. Mientras estaba con ella, no dejé de mirar hacia atrás porque pensaba que moriría ese día, que ése era el precio que iba a pagar por atreverme a trabajar en esto”.
“Pero me equivoqué. El verdadero precio de este oficio es la soledad y el exceso de experiencia. He probado tanto que ya no sé qué es normal en la vida y no creo en la inocencia de nadie. Vivo el presente, no miro el futuro porque no encuentro nada. Sólo vacío”.
SOCIÓLOGO
La prostitución masculina comienza a darse desde la adolescencia hasta que se tengan las condiciones físicas de exhibirse, que es justo el período más útil para servir como fuerza laboral.Ante ello la principal interrogante es: ¿Por qué no se dedican a otra cosa?. El sociólogo José Lira Barboza explica, que al igual que en las mujeres, la pobreza es un factor. Pero en especial, influye la discriminación de los homosexuales.
“El tabú lleva a muchos hombres a desarrollar una vida ‘normal’, socialmente aceptada y se conforman en familia. Pero en lo sexual no son satisfechos por su esposa, sino por otro hombre”, explicó Lira.
“Muchos se han visto en la necesidad de modificar su conducta pública; pero íntimamente, en lugares ocultos, se manifiesta ese deseo interior de estar con personas de su mismo sexo. Y mientras esas personas existan, van a existir quienes se lucren satisfaciendo esa necesidad”.